Fotografía cortesía de la familia Samper Martínez
Fotógrafo: Bonny Forero Mejia

La impronta de Germán Samper en la arquitectura colombiana

Con el fallecimiento de Germán Samper Gnecco (Bogotá, 1924-2019) prácticamente se cierra un ciclo de la arquitectura colombiana, determinado por la actuación de las primeras cohortes de egresados de la Universidad Nacional de Colombia. Samper, cuya historia de vida es indisociable de su ejercicio profesional, gozó con el privilegio de pertenecer a una prestante familia bogotana, sin que por ello desconociera de primera mano las vicisitudes que las clases populares debían afrontar en Colombia: además de construir para comunidades carentes, estudió en instituciones públicas como la Escuela Nacional de Comercio (donde conoció a dos de sus más cercanos colegas, Dicken Castro y Hernán Vieco) y en la Facultad de Arquitectura de la Nacional. A estas experiencias pedagógicas se sumó su paso fugaz por el Institut Français d´Urbanisme y por la École Pratiques de Hautes Études donde asistiera, junto con su compatriota Rogelio Salmona, a los cursos de sociología del arte de Pierre Francastel. Con Salmona, ese otro colombiano infiltrado en el taller parisino de Le Corbusier -una experiencia más relevante que el cumplimiento de cualquier programa académico- y el pintor y fotógrafo Pablo Solano, Samper recorrió el sur de Europa, construyendo a cada paso su propio grand tour y registrando en su libreta de apuntes paisajes, arquitecturas y detalles que alimentarían el repertorio plástico de su propia obra. De su contribución al famoso atelier de la Rue de Sèvres, Samper y otros autores han escrito un número importante de textos a los que el lector puede remitirse para profundizar sobre dicho período.

A su regreso a Colombia, y tras un fugaz paso por el departamento de Construcciones del Banco Central Hipotecario (BCH), Samper entró a hacer parte de la firma constituida por Rafael Esguerra, Rafael Urdaneta y Álvaro Sáenz. Su experiencia previa en concursos (Samper ya había constituido una sociedad temporal con Eduardo Pombo y la firma Ricaurte Carrizosa Prieto para el concurso de la Villa Olímpica de Cartagena, donde obtendrían el segundo lugar), permitió al eterno discípulo de Le Corbusier y a sus socios posicionarse como una de las más poderosas empresas de arquitectura y construcción en el país: cuenta de ello dan innovadoras obras de gran porte y osada estructura como la sede administrativa del Sena (1958), el edificio del BCH (1959), el Museo del Oro (1963) o la torre de oficinas de la Panamerican Life Insurance (1967).

En su actividad independiente, se destacan sus investigaciones en vivienda social y su contribución en proyectos de construcción asistida y apoyo mutuo, siendo el más célebre de ellos La Fragua (1958, promovido por su esposa, Yolanda Martínez de Samper). Proyectos posteriores, principalmente aquellos destinados a la vivienda, han contado con notable divulgación dentro del gran público y la audiencia especializada, con destaque particular de la exposición “Casa + Casa + Casa = Ciudad” (Archivo de Bogotá, 2012). A esta se suman otras exposiciones que exploraron diferentes facetas del arquitecto como “Germán Samper: a dibujar se aprende dibujando” (Museo de Bogotá, 2016), que compilaba cientos de dibujos realizados por el maestro a lo largo de cincuenta décadas y “La Historia Como Memorias” (Universidad de los Andes, 2017), que recopilaba documentos de sus viajes de juventud, en paralelo con los de sus amigos Salmona, Vieco y Castro.

Además de las exposiciones, y a diferencia de muchos otros arquitectos nacionales de su generación, Germán Samper recibió en vida importantes distinciones y homenajes como la presidencia y distinción honorífica de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, el doctorado Honoris Causa que le concediera la Universidad de los Andes en 2011 y, más recientemente, el premio a toda una vida de trayectoria profesional, en el marco de la Bienal de Arquitectura de Quito (noviembre de 2018). Seguramente nuevos y muchos homenajes serán organizados en los próximos días, pero ninguno de ellos podrá llenar el enorme vacío que nos deja el arquitecto con su partida.

¡Hasta siempre, maestro!

Ingrid Quintana Guerrero
Miembro Fundación Rogelio Salmona